El tren de las 8:02

Te conocí, mejor dicho,
te observé en el tren de las ocho y dos.
Cada mañana se besaban nuestras miradas
en algo que no duraba más de cuatro paradas.

A veces tu labios dibujaban una fugaz sonrisa;
no sabía si era por mí o por aquella revista,
que llevabas de vez en cuando en tus manos.

En la brevedad de nuestros encuentros silenciosos,
me dedicaba a imaginar una vida juntos.
Podrás llamarme soñadora,
pero te prometo que jamás estaba tan despierta,
como en aquellas cuatro paradas de distancia.

Dos líneas paralelas que jamás se han cruzado,
esos éramos tú y yo mirándonos de lado.
Eras la pieza del puzzle de mi rutina,
si ni siquiera saber tu nombre o nada de tu vida.

Hasta que un día,
me armé de valor,
subí al tren con un discurso a tu medida.
Mi intención era acercarme a ti y saber tu nombre;
pero en la parada no subió ningún hombre.
No había de ti, ningún rastro,
y no lo hubo en los siguientes días.

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